El 3 de enero de 2026, las fuerzas armadas de Estados Unidos llevaron a cabo un ataque masivo contra Venezuela, que culminó con la rápida detención y extradición del presidente Nicolás Maduro.
Un analista comentó: “El emisor de un Memecoin ha arrestado al emisor de un RWA Token”.
Esa es, efectivamente, la realidad.
El 20 de febrero de 2018, el presidente venezolano Nicolás Maduro anunció en directo por televisión el lanzamiento de la primera moneda digital soberana respaldada por un Estado: el Petro.
En aquel entonces, Venezuela sufría la peor crisis económica de su historia. La inflación se disparó hasta cerca del 1 000 000 % (así es, leyó bien), y la moneda nacional, el bolívar, se volvió prácticamente inútil. Las severas sanciones de Estados Unidos agravaron la situación de este país sudamericano, rico en petróleo.
Maduro esperaba que esta moneda digital fuera la última tabla de salvación para el país.
Sin embargo, cuando el gobierno venezolano desmanteló discretamente el Petro a principios de 2024, el mundo apenas reaccionó.
Este símbolo digital, que alguna vez fue celebrado como la primera criptomoneda soberana, nunca llegó a consolidarse en su breve existencia. Su final fue un cierre silencioso para una historia dramática de criptografía, soberanía nacional y colapso económico, impregnada de realismo mágico.
El destino del Petro reflejó el colapso absoluto del sistema de gobierno de Venezuela.
Para comprender el Petro, es imprescindible entender la Venezuela anterior a su lanzamiento.
Se trataba de un país devastado por la hiperinflación. El valor del bolívar se desvanecía cada hora y los ahorros de toda una vida de los ciudadanos desaparecían de la noche a la mañana. Al mismo tiempo, las duras sanciones financieras de Estados Unidos asfixiaban la economía venezolana, aislándola del sistema financiero global.
En ese páramo económico surgió el Petro, con la misión casi imposible de salvar a la nación.
El proyecto era grandilocuente y atractivo.
El Petro pretendía, en primer lugar, sortear el sistema financiero internacional dominado por el dólar estadounidense mediante tecnología blockchain, creando así un nuevo canal para la captación de fondos y pagos. Además, aseguraba que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo real: 100 millones de Petros en total, valorados en 6 000 millones de dólares.
En agosto de 2018, Venezuela declaró oficialmente el Petro como su segunda moneda oficial, en circulación junto al ya golpeado bolívar.
El gobierno de Maduro impulsó el Petro con una intensidad sin precedentes.
Las pensiones de los jubilados se pagaron en Petro, y los aguinaldos de funcionarios y militares también se convirtieron a esta moneda digital. A finales de 2019, Maduro incluso realizó un airdrop de 0,5 Petros como obsequio navideño a los jubilados durante una retransmisión televisiva en directo.
Además de la agresiva promoción interna, Venezuela trató de persuadir a otros países para que adoptaran el Petro.
La revista Time informó que el Petro recibió la aprobación personal de Vladimir Putin, y que Rusia envió dos asesores para colaborar en el diseño del proyecto. Rusia prometió invertir en el Petro y consideró utilizarlo para liquidaciones comerciales bilaterales, intentando contrarrestar así la hegemonía del dólar estadounidense.
Venezuela también intentó promover el Petro entre los países miembros de la OPEP, con la esperanza de crear un sistema de comercio petrolero desdolarizado. El ministro de Petróleo, Quevedo, afirmó públicamente: “El Petro será una herramienta de liquidación aceptada por todos los miembros de la OPEP”.
Para fomentar su adopción, el gobierno de Maduro actuó como operador de un proyecto cripto: desarrolló infraestructuras, publicó guías detalladas de compra en su web oficial, creó cuatro aplicaciones para el ecosistema y autorizó a seis exchanges (incluidos Cave Blockchain y Bancar) a vender el Petro públicamente.
Pero la realidad pronto asestó un duro golpe al gobierno de Maduro.
La intensa promoción del gobierno venezolano se encontró con la indiferencia generalizada de la población.
En la publicación de Maduro en Facebook anunciando el Petro, el comentario con más “me gusta” decía: “Increíble que alguien apoye a este gobierno absolutamente nefasto… Están destruyendo todo el país”. Otro comentario destacado señalaba: “El gobierno está acostumbrado a que toda estupidez termine en fracaso y luego culpar a otros países”.
El periodista venezolano Gonzalo fue aún más contundente en Twitter: “El Petro es un anestésico para esta nación fracasada”.
La pésima experiencia de usuario minó aún más la confianza pública. El proceso de registro del Petro era extremadamente riguroso, exigiendo subir ambas caras del documento de identidad, dirección detallada, teléfono y más, pero las solicitudes eran frecuentemente rechazadas sin explicación. Incluso quienes lograban registrarse descubrían que el sistema “Patria Wallet” era habitualmente inoperativo.
La experiencia de pago era aún peor. Muchos comercios reportaron fallos en los pagos con Petro, lo que obligó al gobierno a reconocer los defectos del sistema y ofrecer compensaciones.
Una venezolana declaró: “Aquí, no sentimos que el Petro exista en absoluto”.
En el plano internacional, el gobierno de Estados Unidos también dirigió sus acciones contra el Petro.
En marzo de 2018, solo un mes después del lanzamiento del Petro, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva prohibiendo por completo a los ciudadanos estadounidenses comprar, poseer o comerciar con el Petro. El Departamento del Tesoro afirmó que cualquier transacción relacionada con el Petro sería considerada una violación de las sanciones contra Venezuela.
El alcance de las sanciones se amplió rápidamente. En 2019, Estados Unidos incluyó al banco moscovita Evrofinance Mosnarbank en su lista de sancionados por financiar al Petro. El Tesoro fue tajante: “El Petro es un proyecto fallido que intenta ayudar a Venezuela a evadir las sanciones económicas de Estados Unidos”.
El Petro adolecía de una carencia absoluta de fundamentos técnicos y económicos.
El pilar de las criptomonedas genuinas es la confianza que aporta la descentralización. El Petro, en cambio, era una base de datos completamente centralizada bajo control gubernamental.
Para el venezolano de a pie, esto suponía que el valor del Petro en su monedero digital no lo determinaba el mercado, sino que podía ser alterado a voluntad por decreto presidencial.
El gobierno aseguraba que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo de Atapirire, en la región de Ayacucho, con reservas de 5 300 millones de barriles. Sin embargo, reporteros de Reuters hallaron caminos destruidos, equipos oxidados y maleza: ni rastro de extracción petrolera a gran escala.
En el exilio, el exministro de Petróleo, Rafael Ramírez, estimó que extraer los 5 300 millones de barriles prometidos requeriría al menos 2 000 millones de dólares de inversión, una suma inalcanzable para un gobierno que debía importar alimentos básicos.
Ramírez fue rotundo: “El Petro tiene un valor arbitrario; solo existe en la imaginación del gobierno”.
De forma aún más absurda, el gobierno venezolano modificó después en silencio el respaldo del Petro, pasando del 100 % petróleo a una mezcla de petróleo, oro, hierro y diamantes con una proporción 50 %, 20 %, 20 %, 10 %.
Estos cambios arbitrarios en el white paper son tristemente célebres incluso dentro del sector cripto.
Los problemas técnicos eran igual de graves. El Petro afirmaba estar basado en blockchain, pero su explorador de bloques mostraba datos sumamente anómalos. El white paper indicaba que el Petro debía generar un bloque por minuto como Dash, pero en la práctica el intervalo era de 15 minutos y casi no había transacciones on-chain.
A diferencia de criptomonedas descentralizadas como Bitcoin, cuyo precio fluctúa según el mercado, el precio del Petro estaba totalmente controlado por el gobierno. El tipo de cambio variaba arbitrariamente de 1 Petro = 3 600 bolívares a 6 000 y luego a 9 000.
Aunque el gobierno anunció un precio oficial de 60 dólares por Petro, en el mercado negro de Caracas la gente solo podía cambiarlo por bienes o dólares estadounidenses por menos de 10 dólares, si es que encontraba a alguien dispuesto a aceptarlo.
En definitiva, el Petro fue una herramienta de control disfrazada de proyecto blockchain.
Si la vida del Petro se apagaba poco a poco, el golpe de gracia fue un gigantesco escándalo de corrupción interna.
El 20 de marzo de 2023, la escena política venezolana se vio sacudida por un terremoto institucional.
Tareck El Aissami, figura central del gobierno de Maduro y ministro de Petróleo, anunció inesperadamente su renuncia.
Días antes, la policía anticorrupción había detenido a su mano derecha, Joselit Ramírez Camacho, jefe del regulador nacional de criptomonedas SUNACRIP, la agencia encargada de supervisar y operar el Petro.
La investigación destapó una trama de fraude multimillonario.
El fiscal general Tarek William Saab reveló que altos funcionarios se aprovecharon de la operativa paralela entre el regulador de criptomonedas y las petroleras para firmar “contratos sin control administrativo ni garantías” para envíos de petróleo. Los ingresos por ventas no iban a la compañía nacional petrolera, sino que se transferían a cuentas privadas a través de criptomonedas.
La investigación determinó que la red de corrupción movió entre 3 000 y 20 000 millones de dólares, fondos ilícitos que sirvieron para comprar inmuebles, monedas digitales y granjas de minería de criptomonedas.
En abril de 2024, el ministro de Petróleo El Aissami fue detenido acusado de traición, blanqueo de capitales y asociación para delinquir. Más de 54 personas fueron procesadas por su implicación en la trama.
Este escándalo de corrupción asestó un golpe devastador a la industria cripto venezolana. SUNACRIP se vio obligada a suspender sus operaciones, el gobierno lanzó una campaña nacional contra la minería, incautó más de 11 000 mineros ASIC y desconectó todas las granjas de minería cripto de la red eléctrica nacional.
En 2024, el gobierno paralizó el comercio del Petro, ordenó el cese total de la minería de criptomonedas y clausuró todos los exchanges autorizados. Una industria que en su día fue fuertemente impulsada por el gobierno colapsó totalmente bajo el peso de la corrupción.
El experimento del Petro terminó en un fracaso absoluto, no por las sanciones de Washington, sino por su propia corrupción.
Una herramienta creada para resistir sanciones externas acabó siendo un vehículo para que funcionarios corruptos blanquearan dinero.
El fracaso del Petro reflejó con precisión la lógica fallida de la gobernanza venezolana.
Fue una típica “tirita para una herida de bala”. Ante graves problemas estructurales, el gobierno optó por una maniobra vistosa, intentando encubrir la decadencia económica real con un espejismo digital. Como pintar la fachada de un edificio mientras los cimientos se desmoronan.
El gobierno de Maduro intentó resolver problemas institucionales con tecnología, un enfoque fundamentalmente erróneo. El valor de una moneda digital sigue dependiendo de la credibilidad del emisor. En un país con inflación del millón por ciento y escasez de productos básicos, ¿qué credibilidad tiene el gobierno? Si la población no confía en la moneda tradicional emitida por el Estado, ¿cómo podría aceptar una nueva moneda digital?
El Petro solo agotó los últimos restos de confianza pública en el gobierno.
Imagine: una maestra jubilada, cuyos ahorros se esfumaron por la inflación, recibe ahora su pensión mensual convertida por la fuerza en Petro. Va de tienda en tienda con su móvil y solo escucha: “No aceptamos eso” o “El sistema está caído”.
La raíz de los males económicos de Venezuela está en su estructura profundamente defectuosa. El país padece la clásica “enfermedad holandesa”: la dependencia excesiva del petróleo destruyó el sector manufacturero y dejó una economía extremadamente limitada. Cuando el precio del petróleo cae, toda la economía colapsa. El Petro intentó anclarse al petróleo, pero solo profundizó la dependencia sin solucionar los problemas estructurales.
En la práctica, el gobierno venezolano carecía de la capacidad técnica y operativa básica para implementar un proyecto blockchain. La iniciativa estuvo plagada de defectos desde el principio. Desde datos de bloques anómalos hasta fallos en el sistema de pagos y mecanismos de precios arbitrarios, cada detalle evidenció una ejecución amateur, a menudo peor que la de una empresa de outsourcing de bajo coste.
Hoy, el Petro ha quedado en el olvido. El “experimento para salvar la nación” de Maduro terminó en derrota. Venezuela sigue sumida en la crisis y su población continúa sufriendo la inflación.
La verdadera solución del país no pasa por buscar el próximo atajo digital “al estilo Petro”, sino por afrontar la realidad, recuperar el sentido común y emprender las reformas genuinas y urgentes que tanto se necesitan.





