10/10/2025,
el mercado no dice nada.
Simplemente silenciosamente
se llevó todas mis cuentas.

Hay días en los que la quietud es aún más cruel que los sonidos de rotura, y para mí, ese día fue el 10/10/2025 cuando todas las cuentas desaparecieron de repente sin ninguna advertencia, no porque el mercado careciera de reglas, sino porque confiaba demasiado en que las entendía todas. Frente a la pantalla, veo las velas rojas que consumen los frutos de muchos años, como si viera cómo se arrebata mi propia arrogancia, cada movimiento del precio es un corte en la creencia de que soy diferente, que soy lo suficientemente bueno para no caer nunca en la trampa de quemar la cuenta. Ese dolor no reside en la cifra que se resta, sino en la realización tardía de que el mercado nunca toma el dinero de los ingenuos, solo toma el dinero de quienes piensan que ya no son tontos, de quienes dejan que su ego supere la disciplina y permiten que el éxito pasado se convierta en un veneno para el presente. A la mañana siguiente, al despertar, en medio del silencio asfixiante de la habitación, mi mano instintivamente busca el teléfono para comprobar el precio, pero me detengo en seco al darme cuenta de que ya no hay nada que verificar, aparece un vacío inmenso donde antes bailaban sin parar esas cifras. En ese momento, comprendí que el mundo exterior seguía funcionando con indiferencia, la multitud seguía apurada y el ritmo de la vida continuaba como si mi caída solo fuera un polvo en la nada, y que la misma indiferencia de la realidad me había sacado del trance de los gráficos ilusorios. Entendí que el valor de una persona nunca debe medirse junto con el saldo de la cuenta, y que esta caída, aunque brutal, era una prueba necesaria para volver a aprender a enfrentarse a uno mismo sin la garantía de las órdenes ganadoras. Hay lecciones que no se pueden comprar con libros, sino que se pagan con la fragmentación de la confianza, para entender que las verdaderas oportunidades no están en intentar recuperar lo perdido en la pantalla, sino en construir una nueva mentalidad, donde la humildad sea superior a la arrogancia y la paz ya no esté condicionada por los verdes y rojos del mercado. Camino a través de ese dolor con una cicatriz imborrable, no para lamentar lo pasado, sino para recordar cuán pequeño fui ante la realidad y cómo empecé a aprender a ser resistente cuando me enfrento a la cifra incompleta.

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