Mi compañero de cuarto, un recién graduado, juega videojuegos hasta las tres de la madrugada todos los días.


Llega tarde al trabajo, lo regaña su jefe, y luego viene a quejarse conmigo.
Yo siempre le digo: “No pasa nada, la juventud hay que disfrutarla, no te castigues demasiado.”
Él se emociona mucho y dice que soy el mejor compañero de cuarto que ha tenido.
Pero él no sabe que desde hace tiempo quiero que lo despidan.
Piensa que lo entiendo, pero en realidad solo me da pereza preocuparme.
No es un familiar mío, ni un amigo, solo comparte el alquiler.
Cuanto más inútil es, más tranquilo estoy.
Él juega toda la noche, y nunca le golpeo la puerta para avisarle.
Se queda dormido por la mañana, y nunca lo despierto.
Su proyecto fracasa, y hasta le compro un té con leche para consolarlo diciendo “Es solo trabajo, no te esfuerces tanto.”
Él piensa que eso es tolerancia.
Pero en realidad, es veneno lento.
Tres meses después, lo despidieron de la empresa por reestructuración. El día que se fue, publicó en sus redes: “Gracias, hermano, eres la única persona que no me ha puesto presión.”
Yo le respondí con un 👍.
Y en mi corazón pensaba: el próximo compañero de cuarto, ojalá también sea así de sensato.
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