Ser muy sensible es ideal para salir a ver el mundo: para ir a escalar montañas, para ver el mar, para perseguir los atardeceres y esperar el amanecer. Usa la inmensidad de la naturaleza para que resalte tu pequeñez. Lo caótico de todo lo que llevas dentro no te afectará. Tú tampoco tienes tiempo de ocuparte de cualquier cosa que te haga entrar en bucles internos. El mundo de fuera es demasiado grande. En vez de sentir la complejidad del corazón humano, es mejor dialogar con la naturaleza: con vastos cielos y tierras.

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